Un enorme retroceso educativo
Por Inés Dussel
Para LA NACION
A la mayoría de los educadores la introducción del dinero en el acto de enseñar nos genera rechazo, ya que nos gusta pensar que la educación tiene que ver con el ofrecimiento gratuito, generoso y desinteresado de los adultos a las nuevas generaciones.
Quienes avalan medidas como la de Nueva York argumentan que los educadores somos idealistas y que los individuos necesitan incentivos no sólo morales para mejorar sus desempeños. Todos queremos, sin duda, que los chicos aprendan más y mejor y que los docentes estén más motivados para ayudarlos. Y que para eso hace falta más plata en el sistema educativo. La pregunta es si ésta es la mejor manera.
Puede tomarse el ejemplo del incentivo económico a los docentes, que fue adoptado en varios sistemas educativos (el caso más conocido y más cercano es el de Chile), con efectos dispares. Pagar por buenos resultados produjo una fuga de los buenos profesores hacia las escuelas de sectores altos, donde es más factible esperar mejores desempeños. Los alumnos con más dificultades fueron rechazados por los docentes, considerados un obstáculo para su mejora salarial, y convertidos en "parias escolares".
Las consecuencias de estos procesos son muy graves, no sólo en la segmentación social y educativa, sino también por la pérdida de posibilidades de desarrollo de muchos individuos. ¿Cómo se calculan estos costos sociales y humanos?
Por otra parte, en esta medida de recompensar el esfuerzo con dinero hay una sobrevaloración de los resultados de las pruebas, como si ellas midieran el conjunto de las experiencias educativas valiosas. Los tests son importantes para hacer diagnósticos y diseñar políticas, pero son un medio, no un fin, para una educación más justa y de más calidad.
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Cabe preguntarse si el incentivo a docentes y estudiantes tiene otro efecto que el de ponerlos a ejercitarse para lograr un resultado mejor en una prueba que sucede una vez al año. ¿Es eso lo que define a una buena escuela? ¿Es esto lo que queremos que hagan maestros y chicos en las aulas todo el año?
Hay una enseñanza ética e intelectual cuando se les dice a los alumnos que se motiven por el dinero y no por el logro en sí mismo. ¿Qué pasa con el conocimiento y con las ganas de aprender, más amplias e indefinidas, cuando se las mercantiliza? No es un tema menor.
No es que hoy no haya comportamientos especulativos, y es cierto que hay que preocuparse más por cómo enseñan los docentes y qué o cuánto aprenden los chicos.
Pero abrazar los incentivos económicos como la solución de estos problemas, sin siquiera insistir -con lo difícil que eso puede resultar hoy- en el valor del esfuerzo, en la pasión y la alegría de enseñar y aprender sin esperar algo a cambio, en la voluntad de poner algo de justicia en este mundo, implica un retroceso grande.
La autora es coordinadora del área Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

