Niños en la calle : veinte años después.
Emilio García Méndez.
Nada hay en el campo de la política social que la distinga, en es en cia, de la política a secas. En ambos casos, los errores conceptuales presupon en invariablem en te costos considerables. Además, en el campo específico de la política social los problemas teóricos no saldados se conviert en en recurr en tes. Fantasmas que no pasan. Pocos ejemplos resultan mas ilustrativos de esta situación, que el tema de los “niños de la calle”. En América Latina, el desarrollo del concepto ti en e una historia que proyecta su sombra e influ en cia hasta el pres en te y que aquí me propongo reconstruir en forma breve y esquemática.
Brasil resulta en este caso la refer en cia ineludible. A fines de la década del 70 del siglo XX, la m en ción a la exist en cia de niños, que escapando de la escuela y la familia, es decir, de sus redes naturales de cont en ción, hacían de la calle su lugar habitual de vida, constituía una forma (arriesgada por cierto en aquellos días) de mostrar la cara obsc en a del boom económico del que se jactaba la dictadura militar brasileña. Como manifestación de las contradicciones del sistema capitalista ( en la versión laica de izquierda) o como Cristos que presagiaban un nuevo mundo ( en la versión de la teología de la liberación), la pres en cia de niños en la calle era, paradójicam en te, positivam en te valorada. Lo bu en o es lo malo que esto se esta poni en do, rezaba el axioma del “cuanto peor mejor” de la época. Pero en el fragor del debate, se perdió de vista la emerg en cia de este f en óm en o como consecu en cia directa de la brutal retracción del gasto público en materia de salud y educación. Los niños de la calle adquirieron una dim en sión mucho mas antropológica que social. Mucho más una catástrofe natural, que una catástrofe política.
En un contexto de inexist en cia de cualquier canal de comunicación en tre el gobierno (inevitablem en te confundido con el estado) y la sociedad civil, en Brasil la oposición al autoritarismo curiosam en te glorificaba el objeto de su d en uncia.
En la contracara de todas y cada una de las características de la política social de los militares, se dibujaba junto a la incipi en te protesta el esbozo de una política social alternativa. Al verticalismo autoritario, burocrático y c en tralizador que privilegiaba la institucionalización de los niños como respuesta a cualquier “desajuste social”, se oponía una perspectiva democrática y desc en tralizada que privilegiaba pequeños proyectos, invariablem en te de carácter piloto, con fuerte cont en ido comunitario. En ese marco, los proyectos de niños de la calle parecían capaces de articular una respuesta, al mismo tiempo efici en te y progresista. Bi en distinto fue, sin embargo, el impacto real de estos proyectos. Desde un punto de vista cuantitativo fue precisam en te en Brasil, país de dim en siones contin en tales, donde se puso en evid en cia la gigantesca desproporción en tre la en orme magnitud de los problemas y la insignificante cobertura de estos pequeños y fragm en tarios programas. Pero fue desde un punto de vista ideológico cualitativo que el impacto negativo de estos proyectos resultó más considerable. En un marco ideológico donde se ubicaba groseram en te a la escuela como un “aparato ideológico” del Estado, los proyectos de “niños de la calle”, se configuraron (objetivam en te) como un peligroso int en to de vaciar y debilitar la institución y la cultura escolar.
Casi veinte años han pasado desde los hechos arriba m en cionados hasta el día de hoy. En los poquísimos casos en que éstos proyectos, alternativos a lo público, lograron ponerse realm en te en marcha, su “éxito” resultó, paradójicam en te, en un increm en to del fracaso de las políticas básicas de salud y educación. Sin un objetivo claro de reintegración escolar y familiar (única finalidad legitima posible de programas de esta naturaleza), la oferta fragm en tada de este tipo de servicios, se constituye en un atractivo ulterior para aum en tar tanto el número cuanto la int en sidad de la pres en cia en la calle de niños, que, lejos de ser pequeños cristos o expresión positiva de las contradicciones del sistema, resultan en realidad víctimas de la miopía para en t en der la verdadera naturaleza de estos problemas sociales.
La persist en cia del f en óm en o mas de veinte años después, no debería automáticam en te significar la persist en cia en el error de la respuesta. La insist en cia en responder hoy de manera puntual y fragm en taria (precisam en te cuando ha cambiado radicalm en te el tipo de relación en tre el gobierno y la sociedad ) a problemas de carácter estructural, se explica en bu en a medida por la aus en cia de un debate profundo que arroje mas claridad sobre el tipo de vínculo que une a la política social (universal o focalizada), con la emerg en cia de problemas sociales como es el caso de los niños de la calle.
No siempre hay mala fe en toda respuesta equivocada. Sin embargo, nunca está de mas reiterar que los problemas complejos no admit en soluciones simples.
