Aulas “libres” de alumnos revoltosos
Martín es un alumno de séptimo grado que no puede quedarse quieto mucho tiempo sin meterse en problemas (“manifestar su agresividad”, dicen los especialistas). Por eso, este año empezó a ir a su escuela sólo tres días a la semana y durante dos horas: a las 10 pega la vuelta. La mamá de Juan Manuel recibe cada tanto un llamado de la directora para avisarle que su hijo volvió a pelearse con un compañero o que rompió un vidrio, y por eso lo va a mandar de regreso, con un trabajo para que lo haga al día siguiente, y “que mejor se quede en casa”.
Sólo dos casos entre tantos de los que ocurren en escuelas de Rosario, con docentes que acuden a la “jornada reducida” como último recurso frente a chicos conflictivos. Esa alternativa, que no está avalada ni reconocida por el Ministerio, es una exclusión parcial de los pibes más revoltosos. Según confirmaron a Crítica de Santa Fe docentes y directivos que aplican esa modalidad, cuando la actitud de un chico resulta inmanejable y termina perjudicando a todo un curso, ellos optan por “desobligarlo” una cierta cantidad de días o acortarle su jornada en el aula “hasta donde se pueda aguantar” (tanto el chico como el docente).
Marcela Lapenna, coordinadora de la Asociación Chicos, que trabaja en la resinserción de chicos de la calle, afirmó que “muchos pibes nos cuentan que, como ellos no aguantan en las escuelas, los hacen ir sólo dos horas, o a veces día por medio”. De esta manera, agregó, “se está limitando un derecho establecido por ley (26.061 de protección de los derechos de niños y niñas), pero los padres prefieren no reclamar”.
La directora de una escuela de zona norte explicó: “Se trabaja con la reducción de horarios, con contenidos especiales que buscan la adaptación del niño y la colaboración de la familia. A nosotros nos da sus frutos”. Una muestra de lo que se repite en barrios como Ludueña, Villa Banana, Parque Casas o Avellaneda al fondo.
Ante la ausencia de opciones oficiales, se llega a ese tipo de acuerdo con los familiares del alumno conflictivo, a veces hasta con el visto bueno del supervisor ministerial. El trasfondo de una práctica silenciosa y desconocida.
DESDE AFUERA. Las jornadas reducidas suelen ser una opción para alumnos con capacidades especiales. Pero en este caso, lo que debería ser una puerta de entrada a la escuela se convierte en una salida de emergencia, oculta pero utilizable. Una alternativa frente a los casos de violencia escolar, que seguirán presentes cuando mañana se retomen las clases, y que agrava el problema de la deserción. En Santa Fe creció la tasa de abandono y decreció la tasa de egreso. La deserción en el ciclo básico subió de 1,91 por ciento en 2004 a 2,01 en 2005, y a 2,22 en 2006 (índice que representó a más de 11.500 chicos). En el ciclo polimodal, la evolución de esos índices en los mismos años fue de 5,74 por ciento a 6,02 y a 6,87. Rosario se ubicó por encima de la media, con un registro de 7,36 puntos de abandono en 2006.
Además, los alumnos que iniciaron la primaria en 1992 y no terminaron séptimo grado en 1998 fueron el 17 por ciento del total. Ese número se multiplicó en los últimos años: de los 70 mil chicos que iniciaron el EGB en 1997, sólo el 56 por ciento egresó en 2005, según datos oficiales publicados por el Ministerio que conduce Élida Rasino.
Hay, además, un dato que llama la atención: en los últimos años, la cantidad de chicos en escuelas especiales (por discapacidad sensorial u “otras problemáticas”) se mantuvo estable en poco más de cinco mil inscriptos en toda la provincia. Sin embargo, este año subió un 90 por ciento: de 5.191 alumnos en 2007 a 9.876 en 2008. En Rosario, de 1.260 chicos que había en 2007 en esos establecimientos especiales se pasó este año a 1.779, un 41 por ciento más. Desde la Asociación Chicos alertan que no pocas veces reciben pibes que venían de escuelas especiales y que no tenían una discapacidad sino que “se portaban mal”. Lo mismo reconocen por lo bajo docentes consultados por este medio.
“El problema es que se quebró el pacto social entre familia y escuela. Entonces los chicos llegan al aula y ni siquiera pueden estar quietos. Si en un salón con 35 chicos, diez se empiezan a mover, al rato hasta la maestra se mueve”, analizó Félix Temporetti, secretario de Ciencia y Tecnología de la Facultad de Psicología de la UNR.
Temporetti encabezó un estudio epidemiológico sobre salud infantil que estableció que el 28 por ciento de los chicos rosarinos de 3 a 13 años no tienen las condiciones mínimas para desarollarse. Sólo uno de cada tres encuentra una respuesta en sus hogares a sus problemas, más de 11 mil nunca tuvieron un juguete y, en general, carecen de una enseñanza de sociabilización, por lo que “buscan solución a las piñas”.
“Excluir a los chicos de la escuela es sacarse el problema de encima, pero esto escapa al maestro. La decisión es del Estado, que debe realizar cambios profundos desde la gestión”, objetó Temporetti, quien lamentó la falta de reacción de las autoridades al presentar su estudio este año.
SIN AVAL. El secretario de Educación de Santa Fe, Jorge Márquez, aseguró que esa modalidad “no está avalada por el Ministerio y la política es hacer todo lo contrario, tener una escuela inclusiva”. Leandra Bonfiglio es quien coordina desde el Ministerio un nuevo programa de “alfabetización integral” que identificó serios problemas en más de cinco mil niños desde preescolar a 3º grado en 300 escuelas. La funcionaria aseguró que no le “consta” que se excluya a los chicos problemáticos del aula “pero no quiere decir que eso no exista”. El nuevo plan del Ministerio trabajará con esa población mediante equipos de “innovación pedagógica” para “cambiar la modalidad de enseñanza y utilizar el arte como herramienta”. Estos gabinetes especiales recién comenzarán a funcionar en septiembre.
Por su parte, la secretaria del Nivel Primario de Amsafé Rosario, Elena Rigatuso, aseguró que las jornadas reducidas “no son una estrategia adecuada frente a la marginalidad”. Sin embargo, dijo: “Hay compañeros que hacen acuerdos con padres y hasta con supervisores porque no se pueden hacer cargo de una situación que los sobrepasa. Faltan médicos escolares, psicólogos, nutricionistas que acompañen.
Estamos frente a un círculo de pobreza que da pocas posibilidades al niño de ser niño, y no vemos planes oficiales para contrarrestarlo”.
Garantizar la continuidad
Jorge Márquez, secretario de Educación, señaló que el Programa Antideserción que se lanzó a principio de este año para frenar el abandono escolar relevó a 5.300 alumnos que no se anotaron para iniciar el Polimodal. Se los identificó uno por uno y se trabajó para garantizar su continuidad. “Creamos nuevos bancos en las escuelas secundarias y, en otros casos, los trasladamos a establecimientos con baja matrícula para garantizar la continuidad de esos 5.300 chicos”, expuso. “Gracias a ese esfuerzo –continuó Márquez– tenemos unos 4.400 reincorporados”. Las estadísticas del año pasado aún no fueron relevadas, pero el Ministerio confía en mejorar los índices de deserción.
El umbral de la deserción
Patricia Fleitas es la responsable del Programa Nacional de Alfabetización “Encuentro” en Rosario, y Daniel Catania coordina el Programa Joven de la Secretaría de Promoción Social municipal. Ambos coinciden: “Tanto la deserción escolar como la violencia en la escuela está relacionada con la degradación del grupo familiar”. “Entiendo los problemas de los docentes y todo lo que les toca hacer, pero alejar a un chico de un grupo es peor, es el paso previo a la deserción”, advirtió Fleitas. “No creo que este tipo de iniciativas de ‘desobligar’ sea el mejor camino. No parecen inclusivas, sino todo lo contrario: para trabajar con el chico hay que tenerlo de cuerpo presente”, señaló Catania.

