cazadores heroicos pero tardíos, abriendo la panza del lobo cuando es tarde
Pedofilia y homosexualidad, ¿hasta cuándo de la mano?
A partir de la detención de la red de pedofilia en Buenos Aires hace más de una semana, diversos medios presentaron la noticia del abuso sexual como el accionar de "una banda que iniciaba a los niños en la homosexualidad". Lo que sigue es una reflexión publicada en el suplemento Soy, del diario Pagina 12:
“Cuando un hombre abusa sexualmente de una niña, los calificativos van desde la interjección espantada hasta los motes de delincuencia o psicopatía. Pero a nadie se le cruza por la cabeza decir que el abusador de turno "iniciaba a la niña en la heterosexualidad". A nadie se le ocurre dictaminar que si esa niña en el futuro disfruta del sexo con hombres, se lo deberá al señor que abusó de ella. Sería un disparate. Un insulto a la inteligencia y al dolor. Sería poner en el banquillo de los acusados a una sexualidad entera (la heterosexual) en el lugar que debía ocupar el sujeto con nombre y apellido. Sin embargo, cuando el abuso ocurre contra un niño, nadie duda en afirmar que dicho señor y su banda "iniciaban a los menores en la homosexualidad". ¿No hace ruido esta última frase? Porque es exactamente el mismo disparate. Un insulto a la inteligencia y al dolor. Y sobre todo a la posibilidad de encarar sincera y seriamente la prevención de estas situaciones. El abuso, visto así, no es tan abuso, el espanto se ha corrido de lugar. La homosexualidad aparece de golpe criminalizada en el lugar del tipo que abusa. En el caso de Corsi, el psicólogo acusado de liderar la red detenida la semana pasada, no es un homosexual ni un heterosexual, en este caso puntual que lo ha convertido en protagonista. Sería un abusador, un impostor. El tema es el abuso sexual. Y en el caso del psicólogo especializado acusado de abusar de niños reclutándolos en cibers donde se suele mirar pornografía, pone en evidencia, entre otras cosas, el lugar desvalido de la niñez. El cuento de Caperucita no es más macabro que la realidad. Tal vez haya que cambiar las preguntas -y ya no insistir con "qué grandes ojos tienes" y otras pavadas- para no tener que actuar como cazadores heroicos pero tardíos, abriendo la panza del lobo cuando es tarde”.
(Páginal12, suplemento Soy, pág. 15, 1/8/08)

