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Derechos Humanos en la Infancia y Adolescencia.

DEPRAVADO, PERVERSO, ABUSADOR EN EL HOGAR "FELICES LOS NIÑOS"

¿Tan sólo?.....

Grassi puede entrar en el hogar (EN EL QUE COMETIÓ LOS ABUSOS Y CORRUPCIÓN DE MENORES) porque los jueces no piensan que pueda reincidir

Habida cuenta de las experiencias en todo el mundo que avalan que una persona con este tipo de desviaciones es "incurable" y por tanto volverá a cometer el delito.... Digo yo, qué tal si el Juez Andueza, presidente del tribunal que lo condenó, le da albergue en su casa, junto a la habitación de su hijo/a o nietos/as.

El presidente del tribunal que condenó al cura Julio César Grassi a 15 años de prisión por abuso sexual y corrupción de menores, Luis Andueza, descartó que el sacerdote pueda "ser reincidente", y dijo que por eso se lo autorizó a ingresar al hogar de la Fundación Felices los Niños con la persona que el mismo elija.

Un día después del veredicto:

Lewin calificó de "salomónico" el fallo contra Grassi

La periodista que encabezó el informe sobre el cura para Telenoche Investiga cuestionó al Tribunal. "Dejarlo entrar a la Fundación es como mandarlo a Disneylandia", señaló.

La decisión del Tribunal Oral Nº 1 de Morón de condenar con 15 años al cura Julio César Grassi tiene una realidad a secas para Miriam Lewin, la periodista que en 2002 estuvo a cargo de la denuncia periodística: "Está probado, es un perverso, un depravado. Y va a entrar a la Fundación donde va a estar rodeado de niños. Es como mandarlo a Disneylandia". 

En diálogo con Primera Mañana, por radio Mitre, Lewin manifestó una "terrible amargura" porque" sólo fue condenado por los hechos de 'Gabriel'". Al mismo tiempo, recordó cómo la pasó el chico abusado por el cura: " Lo amenazaron. Fue el que más agresiones sufrió. Lo apretaron en un descampado en zona oeste. Realmente Gabriel la pasó muy muy mal" y resaltó que tanto él como el resto de los chicos "seguirán bajo el sistema de protección de testigos mientras este hombre (por Grassi) podrá deambular sin ninguna restricción".

Lewin calificó la decisión del tribunal como un "fallo salomónico" dado que permanecerá en libertad hasta que quede firme la sentencia.

"No tendrá restricción para pasearse por cuanto programa de radio y televisión quiera", remarcó la periodista que advirtió que "puede haber otras víctimas. Cualquier especialista que se consulte sobre delitos sexuales determinan que el abusador sexual tiene una alta probabilidad de reincidencia".

Fuente: Perfil

PASAPORTE AL INFIERNO

EL SACERDOTE FUE CONDENADO POR “ABUSO SEXUAL AGRAVADO”

Grassi, quince años pero libre

El cura fue declarado culpable por dos hechos de corrupción de un chico de 13 años. En los otros dos casos de jóvenes que también lo acusaban, resultó absuelto. El fallo generó polémica porque el sacerdote quedará en libertad y podrá ir a su Fundación.

Por Carlos Rodríguez

A más de seis años de la difusión pública del caso, el cura Julio César Grassi fue condenado ayer a 15 años de prisión como autor de los delitos de “abuso sexual agravado” por su condición de sacerdote “encargado de la educación y la guarda” del chico conocido como “Gabriel”, mientras que fue absuelto por hechos similares denunciados por otros dos niños mencionados en la causa como “Ezequiel” y “Luis”. Más allá del fallo condenatorio en un caso de pedofilia cuyo autor es un religioso, la decisión del Tribunal Oral Nº 1 de Morón despertó polémica, sobre todo porque el cura seguirá en libertad, como a lo largo de casi todo el proceso iniciado en octubre de 2002. Y no sólo eso, sino que fue autorizado a visitar la sede central de la Fundación Felices los Niños, en la localidad de Hurlingham, en horario diurno y acompañado “por una persona por él designada”. Esto significa que Grassi, aunque condenado en primera instancia, puede volver al lugar donde ocurrieron los abusos sexuales que fueron considerados probados y “en concurso real con corrupción de menores agravada”.

“Se ha condenado a un pedófilo a 15 años de prisión, pero el tribunal no lo encontró culpable de todos los cargos, de manera que vamos a apelar ante la Cámara de Casación”, dijo el abogado querellante Juan Pablo Gallego, que representó en el proceso al Comité de Seguimiento de la Convención Internacional por los Derechos del Niño. “De todos modos, lo más grave es que pueda seguir en libertad y que pueda visitar, cuando quiera, la escena del crimen”, comentó Gallego, y en ese punto coincidieron el fiscal del juicio, Alejandro Varela, y Estela Carlotto, presidenta del Comité (ver aparte).

Grassi, a pesar de recibir una dura condena, calificó el fallo de “salomónico” y dijo que era “un empate”, en alusión a las absoluciones por los casos de “Ezequiel” y “Luis”. El sacerdote igual consideró que el de ayer fue “un día triste y terrible” para él, pero a su lado, sus seguidores, entre ellos sus hermanos Juan José y Osvaldo Grassi y el conductor de TV Raúl Portal, parecían celebrar que se hayan descartado las acusaciones de “Ezequiel” y “Luis”. “Antes teníamos que pelear contra tres y ahora nos queda pelear sólo con uno de ellos”, comentó Portal en una de las ruedas íntimas que realizaron los amigos de Grassi, luego de la lectura de la sentencia, en una audiencia que duró 40 minutos.

El presidente del Tribunal, Luis Andueza, secundado por Jorge Carrera y Mario Gómez, leyó sólo la parte resolutiva del fallo y entregó los fundamentos a la fiscalía, a las querellas y a la defensa. Adelantó que la sentencia consta de 1400 fojas. Durante la lectura, Grassi movió su silla para ponerse de frente, cara a cara, a los jueces. En el recinto estaban dos de los denunciantes, “Gabriel” y “Luis”, que presenciaron el acto. En el comienzo, Andueza dijo que había “veredicto condenatorio”, por unanimidad, para los dos casos de abuso sufridos por O. A. A., iniciales del verdadero nombre y apellido de “Gabriel”.

Algunos de los fundamentos, no leídos en la audiencia, pero a los que tuvo acceso este diario, especifican que “resulta clara la orientación sexual de los tocamientos, besos en la boca y fellatio” promovidos por el imputado en hechos ocurridos en noviembre y en diciembre de 1996, cuando “Gabriel” tenía apenas 13 años. El tribunal dice, respecto del cargo de corrupción, que “Grassi, para satisfacer sus bajos deseos, no trepidó en llevar adelante, con un menor de 13 años, conductas que no podía ignorar eran aptas para desviar el normal desarrollo de su sexualidad”.

Los jueces citaron al perito de la defensa, Fernando Cabello, “quien habló de los conflictos en la formación sexual de una persona, del paso de la etapa de isofilia a la heterofilia, cuando aparece la libido y se determina la orientación en tres etapas –autofilia, isofilia y heterofilia– una persona va madurando en lo sexual normalmente”. Abundan los jueces al señalar que “no solamente se trató de la ejecución de actos de connotación sexual con un menor de su propio sexo, sino de la influencia en la psiquis de la víctima mediante palabras y gestos que pretendían lograr en el menor la idea de que se trataba de una situación normal”.

“Le decía –precisa el fallo– que lo viera como su padre, o que era normal que los hombres se conocieran, mientras llevaba a cabo estas conductas.” El avance de Grassi fue gradual: “Primero lo sentó sobre sus faldas, luego le tocó las piernas aproximándose al pene, después lo sorprendió dándole un beso en la boca. Otro día le propuso una fellatio a la que accedió antes de escuchar la respuesta de una víctima paralizada”.

Al momento de evaluar la pena, los jueces consideraron que era “inexorable y exorbitante” la pena máxima, solicitada por Gallego, de 37 años de prisión, y también la de 30 y hasta la de 20, sobre todo teniendo en cuenta que se desestimaron, como válidas, las acusaciones por los 15 hechos denunciados, en conjunto, por los jóvenes identificados como “Ezequiel” y “Luis”.

En cuanto al pedido de la fiscalía, y de las querellas, de que se dictara la inmediata detención de Gra-ssi, los jueces la desecharon por entender que el imputado siempre se presentó “en cuanta ocasión le fuera requerida” durante el largo proceso judicial. Incluso se hizo referencia a lo ocurrido, en octubre de 2002, cuando Grassi “eludió públicamente a la comisión policial” que iba a detenerlo en un estudio de televisión, pero luego “no cambió de actividad ni de residencia” para escapar al accionar del Poder Judicial. Los jueces dejan sentado que “a esta altura del proceso sólo resta que la presente (sentencia) quede firme para que Grassi pierda su libertad ambulatoria”. Por eso resolvieron que siga en el actual régimen de “libertad vigilada” (ver aparte).

Los magistrados decidieron que el cura podrá concurrir a la Fundación Felices los Niños, pero que tendrá que hacerlo en compañía de una persona “por él designada”, en los siguientes horarios: de lunes a sábado de 7.30 a 18.30 y los domingos de 7.00 a 20, bajo responsabilidad de la persona mencionada. También se estableció que Grassi no puede contactarse con menores de edad en lugares privados o a solas, así como acercarse a los tres jóvenes que lo denunciaron, dos de los cuales todavía siguen –por razones de seguridad– bajo el régimen de protección de testigos. Lo que no se dijo es si se tomarán medidas tendientes a garantizar el cumplimiento de esas disposiciones.

El cura escuchó la lectura en un marco de completo silencio de la sala, que estaba colmada por unas cincuenta personas, entre jueces, abogados, periodistas y público en general, que por primera vez pudieron presenciar un debate que les estuvo vedado durante todo su desarrollo. Al lado de Grassi estuvieron sus defensores, Daniel Cavo, Ricardo Malvicini y Marcelo Tipito, sin hacer gestos ni comentarios ampulosos.

Una vez conocido el fallo, el fiscal general de Morón, Federico Nievas Woodgate, admitió que la pena impuesta “no cubre el total de las expectativas de este Ministerio Público”, pero consideró que la sentencia es “mucho más que nada”. Agregó que si bien “no es un triunfo, está muy lejos de ser una derrota”. Sí hizo en hincapié en que es “un error que el imputado quede libre hasta que la condena quede firme”.

Nora Schulman, directora del Comité de Seguimiento de la Convención Internacional de Derechos del Niño, dijo que los tres jóvenes que denunciaron al cura Grassi se sintieron “muy mal y quedaron muy shockeados” luego de escuchar la sentencia. Los que estuvieron presentes fueron “Luis” y “Gabriel”, quien “ni siquiera se alegró porque tomaron en cuenta su caso, ya que siempre trató de ponerse en el lugar de los otros dos chicos”, le dijo a Página/12 su abogado, Sergio Piris.

“Uno de los jóvenes me comentó apenas escuchó el fallo: ‘Yo perdí tres años y medio de mi vida por todo esto. ¿Hasta cuándo tengo que seguir con esto?’”, contó Schulman a este diario. Sostuvo luego que otro de los chicos “se acercó de inmediato, me abrazó llorando y no hubo necesidad de que dijera ninguna palabra”. El chico conocido como “Ezequiel” eligió quedarse afuera de la sala y cuando salió Schulman, la abrazó y también se puso a llorar. A la sala de audiencias del quinto piso no ingresaron los reporteros gráficos y hubo recomendación, para los periodistas, para que no se tomaran fotografías de los denunciantes con los teléfonos celulares.

“Sale y ya es un peligro”

Por Emilio Ruchansky

“Siete años de trabajo y nueve meses de juicio no fueron en vano. En eso coinciden Estela Carlotto y los integrantes del Comité que vela por los derechos de la niñez (Casacidn) que ayer evaluaron la sentencia contra el cura Julio César Grassi. “Ya no se trata de sospechas y denuncias –dijo en un momento el abogado Juan Pablo Gallego–, ahora existe una certeza judicial de que es un abusador y corruptor de menores.” Que siga libre y pueda visitar a los jóvenes de la fundación que creó es para los miembros del Casacidn algo insólito, peligroso, aberrante. Pasa que el cura, según afirmó el criminalista Enio Linares, puede reincidir porque no siente culpa: “Manipula a sus víctimas diciendo ‘mis órdenes son tus deseos’, como escribió Montaigne”.

La extraña sensación de tranquilidad y espanto por ver culpable y libre a Grassi fue el tema recurrente de la conferencia en la sede del Casacidn, a pocas cuadras del Congreso. Además de anticipar una apelación a la sentencia del tribunal de Morón, tanto Gallego como sus colegas Jorge Calcagno, Sergio Piris y Luis Paglietti opinaron que los jueces no tuvieron el valor y el compromiso de detenerlo. “No se jugaron, Grassi se tendría que haber ido esposado”, acotó Piris, querellante por “Gabriel”, uno de los tres chicos que denunciaron al cura y por cuyo caso resultó condenado. “Gabriel vive en el régimen de protección al testigo, rodeado de policía, no tiene novia ni amigos y Grassi tiene todo, hasta una mansión frente a uno de los hogares de Felices los Niños”, contó después.

Sentado a un extremo de la mesa, con los brazos sobre una pila de 40 centímetros de papeles, la sentencia completa que ninguno de los presentes había podido leer, el perito Linares hizo un breve análisis sobre la peligrosidad del cura. “Es un narcisista crónico, es algo patológico y me animo a decir que es la fuente de todas las perversiones. Grassi no es un demente, es racional en todo lo que hace, el psicópata convive con la realidad. Su estructura personal no cambia, es irreversible. Siempre va a ser un perverso. Va a repetir el error porque no siente culpa.”

Sin embargo, para Linares, Grassi no está del todo libre: “Vive encerrado en su coraza”. Aunque admitió que a veces los psicóticos acorralados se suicidan, dijo que el cura es “demasiado cobarde” como para hacerlo. En la otra punta de la mesa, la directora del Casacidn, Nora Schulman, aseguró que Grassi hoy no es el responsable legal de su fundación pero la sigue manejando: “Acabo de hablar con alguna gente de la sede de Chacarita y me contaron que ya les llegó el mensaje de que desde ahora responden a las órdenes de Grassi”.

En el centro de la mesa estuvo Estela Carlotto, quien lamentó que sólo se tomara como probada la denuncia de uno de los tres chicos. “No soy abogada, así que hablo desde mi sentimiento”, aclaró un momento después. “Estoy contenta y frustrada. Es un castigo ejemplar, que va a dar valor a otros para que denuncien. Pero se juzgó sólo el abuso a un menor, cuando los otros dos también aportaron todo su dolor y sus pruebas al tribunal”. La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo juzgó como inaceptables y groseras “las franquicias inmerecidas” que recibió Grassi. “Le dieron libertad de acción a un hombre peligroso”, dijo. “Nada garantiza el futuro de lo que podrían ser sus próximas víctimas.”

–¿Cuál es su opinión sobre los jueces? –le preguntó Página/12 después de la conferencia.

–La verdad es que creo que nos olvidamos que la Justicia es una Justicia que tiene una ideología y la vuelca en sus fallos. Los jueces que lo condenaron tienen sus años, no son niños inexpertos. Arrastran la costumbre de favorecer al victimario sobre la víctima cuando el acusado es una persona que tiene mucho poder y dinero. Es como si pensaran “bueno, es cura, es intocable”, minimizando los casos que estaban probados.

–¿Piensa que el entorno fue cómplice?

–Hay una inmensa red detrás, (Raúl) Portal es sólo la fachada de sus amigos a ultranza. Cuando entré al tribunal me vino a saludar y me dijo que pese a las diferencias me respetaba y me quería mucho. Lo miré con los ojos redondos, yo no le pido afecto, sólo respeto por los chicos. Fue una situación límite, yo hubiera preferido que saludara de lejos. Me ofende más que se acerque y me diga que me quiere.

–Del otro lado, están las víctimas y sus familiares. Usted mencionó el libro de Roberto Pia-zza y de lo difícil que es salir del silencio cuando hubo un abuso.

–Cuando pienso en las madres de estos chicos me surge la desesperación. Grassi sale y ya es un peligro. Debería llevar un cartel que diga “abusador suelto” para alertar a la población. Hay que escuchar las voces de esas madres.

–¿Y la Iglesia?

–Bueno, la Iglesia es silenciosa en los peores crímenes, me consta por lo que hicieron cuando fue la dictadura. En ese caso fueron cómplices directamente, muchos de los bebés apropiados eran ofrecidos por curas y monjas en las parroquias.

–¿Cree que la Fundación de Grassi puede seguir funcionando?

–Sí, claro. Pero debe tomarla alguien serio y sano, un grupo de gente con vocación, que no tenga sotana ni hábitos.

–¿Hábitos como los de Grassi?

–(Risas.) Exacto. Porque la estructura sirve. Yo tengo una receta para todos esos niños con problemas o abandonados, a veces me siento doña Petrona cuando la digo. El Estado gasta 3000 pesos por mes para mantenerlos encerrados en asilos, esa plata debería usarse para subvencionar a familias que los puedan contener. Dos mil para la familia y mil para un asistente que controle que ese chico comió, que no fue golpeado, que estudia. Igual hay un negocio detrás del encierro, el Estado debería, por lo menos, tomar cartas en el asunto y controlar más.

Las condiciones de la libertad

- Deberá presentarse el primer día hábil de cada mes ante el Tribunal que lo condenó.

- Tendrá que mantener el domicilio real constituido en la provincia de Buenos Aires y fuera de cualquier sede o dependencia de la Fundación Felices los Niños.

- Si planea ausentarse de su casa por más de 24 horas, deberá contar con una autorización judicial previa.

- Debe comprometerse o no concurrir solo a las sedes o dependencias de la Fundación y podrá hacerlo de lunes a sábado en el horario de 7.30 a 18.30 y los domingos de 7 a 20, bajo la responsabilidad y acompañamiento de la persona que él designe. A su vez, ese cuidador puede delegar su función en un tercero, quien quedará sujeto a la previa aprobación del Tribunal y deberá concurrir al mismo a labrar la correspondiente acta de estilo.

- Se le prohíbe tener contacto con alguna persona menor de edad, en lugares privados o a solas.

- No puede acercarse a O.A.A., H.O.J. y L.A.G. (los tres denunciantes), referirse a ellos públicamente, ni comunicarse intencionalmente con los nombrados ni con ninguna otra persona vinculada íntimamente con ellos.

- No podrá salir del país, por lo que ya se envió un oficio a la Dirección Nacional de Migraciones.

- Y, por último, debe continuar sometiéndose al proceso.

 

Entre el rol de víctima y la responsabilidad institucional

Por Washington Uranga

Durante todo el juicio y aun después de la condena, la estrategia de Julio César Grassi siempre fue la misma: presentarse como víctima de una campaña orquestada desde los medios de comunicación para condenarlo. Contra todas las evidencias evaluadas por la Justicia, el cura seguirá insistiendo en su inocencia porque ello le permite instalarse en la condición de mártir, así esta caracterización sólo tenga valor para sí mismo y para sus seguidores incondicionales. Mientras tanto, la jerarquía de la Iglesia se ha mantenido cautelosamente al margen, intentando mitigar el daño institucional y reiterando que respeta el fallo de la Justicia.

La insistencia de Grassi en su inocencia es una forma más de no asumir responsabilidades frente a los hechos que le fueron probados. La proclamación de la inocencia puede leerse así como una manifestación más de la perversidad de la conducta del cura. En un último reportaje publicado por un medio católico, Julio Grassi habló de los intentos de “presionar mediáticamente a la Justicia”, diciendo que esta pretensión no sólo alcanza “a los jueces, sino a la sociedad, haciendo ostentación de un poder de ‘dibujar la realidad a su antojo y acorde a sus intereses’”. Y agregó: “Hablo sobre todo del grupo interesado en atacarme y de sus aliados”. ¿Quiénes son? Nunca quedó claro cuáles son los intereses que se le oponen, cuáles los grupos complotados contra él. Salvo que el cura considere que la Justicia, en la que dijo creer, sea parte de esa conspiración.

No hay datos en cambio respecto de quién proveyó el dinero para la costosa defensa del cura, ni se aportó transparencia sobre otras acusaciones que, más allá de las probadas, rondan en torno de la Fundación que dice estar dedicada a la protección de niños y jóvenes. Y si Grassi habla de conspiración mediática en su contra, debe admitir que en torno de él y para su defensa se montó también una estrategia compleja de medios y marketing para vender la imagen de la víctima, del mártir. De ello da cuanta la página www.causagrasi.org, lugar donde se ventilan los méritos del cura, las apelaciones de inocencia y las cadenas de oraciones de sus seguidores. Si hasta se instrumentó allí una encuesta virtual convocando a votar por Grassi “inocente” o “culpable”. ¿Puede imaginarse el resultado? 7751 votantes (80 por ciento) se inclinaron por la inocencia, 1647 (17 por ciento) por la culpabilidad y apenas 334 (3 por ciento) manifestaron no tener opinión al respecto. Lo que sorprende es que, en ese sitio, tantos se hayan inclinado por la condena.

Conociendo la manera como se manejan los obispos, sus temores y ambigüedades institucionales, Grassi utilizó también ese flanco. Aunque ningún jerarca de la Iglesia salió a respaldarlo públicamente, él se encargó de decir que el cardenal Jorge Bergoglio “siempre está a mi lado”. Así como no hubo apoyo explícito, tampoco existió una desmentida clara y terminante del presidente del Episcopado a los dichos de Grassi. Pero el cura condenado no se detuvo ahí. En declaraciones recientes mencionó a un total de doce obispos locales, provenientes de todo el espectro ideológico eclesiástico, que según él le dieron respaldo. “También he recibido apoyo del nuncio (embajador del Vaticano)” y hasta de un obispo de Angola, dijo.

En los últimos días los obispos han venido calibrando en privado el perjuicio institucional que les acarrea la condena a Grassi. Porque si bien lo que se juzga es una conducta individual, la investidura institucional del cura roza a la propia Iglesia. Máxime cuando este hecho se suma a un ya largo rosario de delitos de abuso de menores comprobados a miembros de la institución eclesiástica en diversas partes del mundo.

Lo más probable es que la institución eclesiástica permanezca inmutable. La respuesta será entonces que “hemos respetado y seguiremos respetando la Justicia”, con el agregado de que “el hecho no involucra a la institución”. Es la manera que los obispos eligen para minimizar los costos. Aunque los costos sean grandes, también en lo institucional. Porque aunque se trata de una persona, Grassi es un ministro religioso de clara identificación con la institución que lo formó y que, incluso, se sirvió de los réditos que en determinado momento el hoy condenado obtuvo de su actividad pública. Pero además, la Iglesia tendrá que revisar también institucionalmente cuáles son las condiciones que habilitan la presencia en sus filas de este tipo de delincuentes.

“Es aberrante que quede libre”

Fue el terapeuta de “Gabriel”, el joven por cuyo caso fue condenado el sacerdote. Por su trabajo profesional fue amenazado y atacado en varias oportunidades. Aquí, evalúa el impacto de la sentencia sobre los denunciantes.

Por Mariana Carbajal

“Yo sé de la veracidad de los hechos denunciados por ‘Gabriel’. Para su buena evolución psíquica es necesaria la condena de Grassi”, señaló a Página/12 el médico psiquiatra, especializado en psicología clínica, Enrique Stola, minutos después de escuchar la sentencia a 15 años de prisión que recayó ayer sobre el sacerdote y cabeza de la Fundación Felices los Niños por abuso sexual en dos hechos y corrupción de menores agravada por su condición de guardador en perjuicio del joven.

Stola fue el terapeuta de “Gabriel” después de que el muchacho apareció en Telenoche Investiga denunciando al religioso. Lo contuvo y fortaleció psicológicamente durante los cinco años que siguieron luego de que el caso estallara mediáticamente y lo acompañó en cada una de las pericias a las que fue sometido. Su trabajo profesional con uno de los tres denunciantes del religioso –por cuyo testimonio fue ayer condenado– le costó caro a Stola: recibió tres violentas visitas en su hogar, en una de las cuales recibió una paliza brutal y uno de sus agresores le advirtió: “Dejate de joder, no hagas más quilombo, no jodas más al cura”. Lo contó por primera vez en el juicio, cuando declaró como testigo de la fiscalía, a mediados de octubre. Ese ataque le dejó un cuadro de estrés postraumático, con secuelas por dos años. Fue, además, blanco de hostigamiento y campañas de desprestigio a través de Internet. Grassi lo amenazó con un iniciarle un juicio civil por injurias y calumnias. Estuvo durante un tiempo con guardaespaldas, bajo el programa de protección de testigos de la provincia de Buenos Aires. Ayer, siguió la lectura de la sentencia en su casa, rodeado por su mujer y su hija menor y esta cronista como testigo. “Estoy aliviado”, dijo, con emoción contenida, cuando escuchó el fallo condenatorio.

Una vez que se terminó de leer la sentencia, la sensación de triunfo dejó paso a cierta desilusión porque el Tribunal Nº 1 de Morón desestimó las denuncias de los otros dos jóvenes, “Ezequiel” y “Luis”, comentó Stola. “Es una aberración que los jueces dejen en libertad a Grassi cuando lo condenaron porque creen que es un abusador sexual. Hoy mismo puede abusar de otro chico. Están poniendo en riesgo a otros menores. Es como dejar libre a un violador”, analizó el médico psiquiatra.

No quiso estar en la sala de audiencias. Por cuestiones de seguridad, dijo. Todavía siente cierto temor por las situaciones de violencia y amedrentamiento que vivió en los últimos años y que él relaciona directamente con su participación en el caso. Stola denunció penalmente al fiscal Juan Pablo Galarza por haber manipulado a “Gabriel” para que renunciara como particular damnificado en la causa. Aquella maniobra, finalmente desarmada, beneficiaba a Grassi –sin acusación, la absolución podía estar a la vuelta de la esquina– y le costó a Galarza la separación del caso. Por ese episodio, a fines de 2005 –recuerda– decidió cortar la relación terapéutica con “Gabriel”. No estaba de acuerdo con que desistiera como particular damnificado.

Al muchacho lo conoció días después de que saliera su testimonio en la televisión. “Había estado en un programa anterior en el que se denunciaban a unos workshops, donde se hacía psicodrama para dominar a los participantes. Me habían entrevistado porque soy psicodramatista, para que explicara cómo funcionaba esa técnica. Cuando veo la denuncia contra Grassi y me imagino la repercusión que tendría y las presiones que iban a recibir los periodistas del equipo de Telenoche Investiga, le dejo un mensaje a Miriam Lewin para ofrecerme por si necesitaban algún tipo de acompañamiento terapéutico. Al lunes siguiente recibo un e-mail donde me dice que acepta el ofrecimiento”, señaló. Pero a la cita acordada no fue ningún periodista, sino el joven denunciante, en ese entonces de 18 años, junto a su guardadora legal. “Casi me caigo de espaldas”, recordó.

Stola contó que a Lewin la había conocido en organismos de derechos humanos en la década del ’80. El psiquiatra –recordó– había trabajado terapéuticamente durante la última dictadura militar con detenidos que habían estado desaparecidos, que habían sido torturados, que se iban al exilio. Y al recuperarse la democracia, con los perseguidos políticos que volvían del exilio. “Después empecé a trabajar con mujeres que sufrían violencia de género y con algunos hombres violentos”, siguió Stola.

La primera entrevista a solas con “Gabriel” –señaló– se extendió por dos horas. “Hubo algo que me impactó bastante. Me preguntó por qué yo lo ayudaría. ‘Te creo y estoy dispuesto a atenderte’, le respondí. Estaba muy angustiado, tenía mucho temor por la repercusión que el tema tenía.”

Stola aceptó ser su terapeuta, y tuvo el aval de la jueza que tenía la tutela del adolescente. Durante dos meses también asistió a “Ezequiel”, otro de los denunciantes.

En marzo de 2004, unos meses después de que “Gabriel” sufriera una de las tantas palizas que recibió desde el inicio de la causa contra el cura, dos extraños entraron en el departamento de Barrio Norte de Stola –donde ayer siguió la lectura de la sentencia por TV–. El no estaba. Ataron a su hija menor, entonces de 13 años, y a la mucama. Revolvieron las habitaciones, robaron dinero y otros objetos de valor y lo esperaron. Cuando llegó el psiquiatra, también lo amarraron y luego se fueron. Para Stola el hecho tuvo que ver con las maniobras de amedrentamiento que recibió en estos años del entorno de Grassi. Sufrió en total tres ataques en su casa. En el segundo, hacía poco que también a “Gabriel” le habían dado una paliza. “Fueron dos tipos, uno tenía la experiencia de las fuerzas de seguridad. Me pegaron, me tiraron al suelo. Uno me dijo: ‘Dejate de joder, no hagas más quilombo, no jodas más al cura’.” Stola relató el episodio en el juicio. Declaró a mediados de octubre como testigo de la fiscalía. “A partir de ahí estuve con un cuadro de estrés postraumático, con trastorno del sueño, vivía con miedo, me sentía abatido, se me representaba la escena violenta una y otra vez. Estuve dos años para poder recuperarme. Pasé por momentos de desaliento. Me afectó económicamente: hubo pacientes que dejaron de venir por miedo. Colegas y amigos también tuvieron miedo y dejaron de invitarme a sus casas. Mi pareja ha tenido que bancarme mucho.”

–¿Se arrepintió alguna vez de haberse involucrado en el caso? –le pregunto este diario.

–No me arrepiento de luchar por causas que considero justas. Recibí sugerencias de colegas de que me apartara del caso. Pero no había ninguno que quisiera tomarlo.

–¿Tuvo dudas alguna vez de la veracidad de los dichos de “Gabriel” y de “Ezequiel”?

–Después de haberlos evaluado psiquiátrica y psicológicamente a los dos, no tuve dudas. Una vez uno de los chicos me dijo: “Si hubiera callado, no hubiera pasado por todo esto”. Ahí estuvo la duda: estos pibes estuvieron ofreciendo su cuerpo, su psiquismo a una sociedad que no les daba pelota, que no les da pelota.

Ayer se sentó frente al televisor un poco antes de las 14. Ansioso, nervioso. Tras conocerse el veredicto contra Grassi, el teléfono no dejó de sonar: eran allegados, amigos, que lo querían saludar.

 

Investigarán presiones a Laguna

El Tribunal Oral Nº 1 de Morón, como parte del fallo en la causa contra el cura Julio César Grassi, ordenó que se remitan a la Fiscalía General Departamental “las actuaciones pertinentes, ante la posible comisión de delito de acción pública, que surgiría de las declaraciones del testigo Carlos D’Elia”, de la Gerencia de Producción del Canal 13 de Buenos Aires. En el juicio, D’Elia hizo mención a una reunión que mantuvo con el obispo emérito de Morón, monseñor Justo Laguna, en referencia a las actividades desarrolladas, en esa jurisdicción, por el imputado Grassi.

Al parecer, Laguna habría hecho comentarios desfavorables al imputado. Al mismo tiempo, de acuerdo con lo que se dijo en el juicio, el propio Laguna habría recibido presiones por parte del entorno de Grassi. Lo que hizo el tribunal fue remitir el texto de las declaraciones, para evaluar si se debe iniciar una causa judicial. Al declarar ante los jueces, D’Elia sostuvo que incluso él, y su esposa, sufrieron amenazas que ellos vinculan a la causa Grassi.

A pesar de la condena

Por Miguel Jorquera

 

El cura Julio César Grassi fue condenado a 15 años de prisión por abuso deshonesto y corrupción de menores que tenía bajo su guarda, pero seguirá libre mientras la sentencia –que apelarán las querellas y la defensa– no quede firme. Una decisión que debe resolver el Tribunal de Casación, que no tiene límite de tiempo para pronunciarse. También podrá volver, casi sin restricción, al lugar que los propios jueces reconocieron en su sentencia como la escena del crimen: la Fundación Felices los Niños. El Tribunal Oral Nº1 de Morón sólo le fijó a su condenado un horario: “Podrá asistir a la Fundación de lunes a sábado en el horario de 7.30 a 18.30 y los domingos de 7 a 20 bajo la responsabilidad y acompañamiento de la persona que él designe”. Sólo prohibió “el contacto con menores de edad en lugares privados o a solas y acercarse a los tres jóvenes denunciantes”. Situaciones que “controlará” el acompañante que elija el propio cura.

Tras casi siete años de proceso judicial, Grassi estuvo preso apenas dos semanas en una celda policial, donde concedió varias entrevistas. Durante los nueve meses que duró el juicio oral pero no público, el cura se paró todos los días frente a las cámaras de TV apostadas fuera del tribunal para proclamar su “inocencia”. Durante todo ese tiempo, víctimas y testigos sufrieron extorsiones, aprietes, amenazas, robos, golpizas y a uno de ellos, Gabriel, hasta le pusieron un revólver en la cabeza para que desistiera de su denuncia. Dos de los chicos debieron refugiarse en el programa de testigos protegidos para salvaguardar sus vidas.

Cuando el tribunal leyó las costas que debía afrontar Grassi por su defensa, la lista llegó a casi una decena de los abogados penalistas más caros del país. La nómina abarcó desde el abogado de Alfredo Yabrán, Jorge Sandro, hasta las defensoras de Carlos Telleldín en la causa AMIA, Laura Fechino y Andrea Novello. Pero no incluyó al mediático Miguel Angel Pierri ni al fiscal de la Corte Internacional, Luis Moreno Ocampo, cuyos honorarios pagó el empresario Santiago Soldati. Tampoco a Luis Rapazzo, un gran conocedor de la familia judicial moronense, que ayer festejó abrazado a Raúl Portal el fallo, que midieron en términos deportivos. Para Grassi la condena en uno de los casos y las absoluciones en los otros dos fue “un empate”. Para su amigo Portal es “un triunfo 2 a 1”.

Después de larguísimos y traumáticos procesos personales, las víctimas de Grassi debieron vencer el temor de que la Justicia nunca mete preso a un poderoso para tomar la decisión de hacer las denuncias. El fallo de ayer les devolvió esa misma sensación de impunidad, a pesar de la condena.

 

La barra del cura en su batalla final

Eran algo menos que cien. Una especie de fuerza de choque del sacerdote, con remeras de la Fundación Felices los Niños. Después del fallo, provocaron una batahola. Hubo forcejeos, algunas caídas y gritos contra periodistas y críticos de Grassi.

Por Horacio Cecchi

En términos objetivos, nada parecía librado al azar. A las 9 de la mañana, cinco horas antes de que el tribunal leyera la sentencia, el edificio de Tribunales estaba vallado y cubierto de uniformados. Un centenar de policías de la Distrital de Morón rodeaban la zona; guardia de Infantería, patrulleros, camiones policiales y vallas tan azules como altas cercaban el edificio que, para colmo, cuenta con su propio enrejado. Además, la policía de tránsito de Morón había distribuido hombres en cada una de las bocacalles que derivan sobre Almirante Brown, la calzada de ingreso a los Tribunales. Tan prolijo fue el cerco policial que hasta el estadio de Deportivo Morón quedó encerrado dentro, como si se tratara de una protección contra las más feroces barras bravas. Lo que no preveía la seguridad fue la mano de Dios, qué digo la mano, la espada. Fuera del vallado, frente al portón de ingreso sobre Brown y Sucre, partidarios del cura Grassi chocaron primero con la condena, después con un grupo que aplaudía el fallo y pedía la libertad de Romina Tejerina, después con fotógrafos, después con camarógrafos, después con el Foro de los Derechos de la Niñez de Hurlingham, al que le robaron y destrozaron una bandera bramando como en guerra de santos cruzados, en nombre de Grassi, de la justicia (celestial) y de su propia ceguera al devastador grito de “¡Inocencia, inocencia!”.

El capitán Favio Perrone, jefe de la Distrital de Morón, había descripto el operativo y dijo que de los cien uniformados en el operativo, “la mitad son de siete comisarías de Morón”, y que el resto corresponde al cuerpo de Infantería. También dijo que a las 6 de la mañana la División Explosivos revisó todo el edificio como medida preventiva. Dentro del enrejado de Tribunales, la seguridad quedó en manos de una veintena de hombres de la División Custodia y Traslado de Detenidos.

Pasado el mediodía, Brown en la esquina de Sucre estaba cruzada por una faja de seguridad rojiblanca que más que cerrar el paso intentaba dividir aguas. De un lado, por Brown, en dirección al estadio de Morón, un centenar de personas agitaba banderas rojas de Convergencia de Izquierda Zona Sur, levantaban pancartas demandando libertad a Romina Tejerina, y al ritmo de bombos y de un parlante de insistente metálico, clamaban contra el cura Julio Grassi con tono tribunero.

Del otro lado de la faja de seguridad rojiblanca –que, ya se dijo, no hacía otra cosa que marcar territorios de fronteras altamente volátiles–, otro centenar de personas, no más, entonaba ingenuas canciones de santidad e inocencia hacia el padre Grassi, se reunían en oración en torno de la gran imagen de una virgen, apoyada, quieta aunque de rostro impresionado, contra las rejas de los Tribunales.

Ambos grupos, claramente enfrentados por el sentido de sus cánticos más que el de sus actitudes beligerantes hasta ese momento, sólo quedaban separados por la tenue faja fronteriza y por la intersección de Sucre con Brown, donde un grupo de cronistas, fotógrafos y movileros aguardaba alguna situación efervescente que justificara tanto despliegue periodístico.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, la mencionada esquina se mantuvo en un equilibrio inestable que no denotaba situación de crisis. Después de conocerse la condena de 15 años al padre inocente o al violador de chicos –según de qué lado de la rojiblanca uno se instalara–, todo equilibrio se destripó en corridas, golpes de puño, insultos, golpes de cámara, tironeos y empellones, cascotes y amenazas.

Al principio, fue una regordeta con la inscripción “Justicia por el Padre Grassi”, que parecía controlar o conducir al grupo grassista, quien se lanzó ya descontrolada más allá de la frontera rojiblanca al grito de “¡hija de puta, con mi vieja no!” y se trenzó literalmente de las trenzas de una mujer que agitaba una pancarta con el rostro de Tejerina. En cuestión de segundos, qué digo segundos, de milésimas, se armó un revoltijo donde volaron piñas, zapatos, golpes de karate, gritos endemoniados, corridas de fotógrafos y camarógrafos poco dispuestos a perder el instante, aquel instante histórico de intercambio de opiniones.

Al costado, la policía con pecheras de color naranja por si a alguien se le ocurriera no reconocerlos, tomó la filosófica actitud de permitir la expresión, el intercambio y la autocalma de las partes para evitar males mayores.

La regordeta fue separada por quien luego se daría a conocer en el runrún de la calle como su hermano, más regordete y corpulento que ella, y que venía haciendo alharaca de contener su cuerpo en son de paz. Claro, cuando la separó y con todas las cámaras y tanto revuelo encima, la joven y regordeta se desmayó mientras un ohhhh la rodeaba e informaba de la situación. A la joven de la camiseta la trasladaron colgada de los hombros hasta la otra esquina de Sucre y Brown, veinte metros dentro del territorio eclesiástico, donde mujeres desesperadas agitaban sus pañuelos para dar aire mientras las cámaras ya habían abandonado el enfrentamiento y rodeaban a la regordeta clickeando por los suspiros angustiados. El hermano, quizás angustiado por el desmayo, tal vez algo sacado por la condena, o nervioso por ambas situaciones adversas, empezó malamente a tironear de uno de los cables de un movilero que, para qué, reaccionó blandiendo patadas y cámara. Se desató una batahola que demoró un par de minutos y centenares de fotos en terminar. Científicamente milagroso fue el resurgir de la desmayada apenas las cámaras le perdieron interés y la abandonaron. Con mucho menos, alguien hizo un tratado sobre la histeria.

La cosa no quedó ahí. La izquierda de banderas rojas se retiró conforme con el resultado del juicio. Una breve corrida más de periodistas que de contrincantes derivó en un principio de batahola sin motivo sobre Sucre. Vueltos a sus puestos y ya sin contrincantes, los grassistas oraron en medialuna por su líder espiritual y se retornaron a la fe cristiana, calma y universal. Hasta que llegó un nuevo actor: unos diez integrantes del Foro por los Derechos de la Niñez, Juventud y Adolescencia de Hurlingham, con una gran bandera amarilla en la que se leía “los chicos no mienten”. En ese momento, la regordeta del desmayo ya plenamente recuperada logró robar la bandera que el Foro había colgado contra una reja. Hubo forcejeos, tironeos, la bandera quedó hecha jirones, la gordita grassista, a las dentelladas, mostraba la otra mejilla después de cruzar a arañazos y trompadas los rostros de quien se le opusiera. La escena terminó cuando el hermano fue detenido y derivado a la comisaría.

Los ánimos se calmaron un poco. Hubo espacio todavía para que se acusara a la Justicia de impura, al periodismo de manos del infierno, y a los jueces de montoneros. Una mujer espetaba a otra:

–¿Vos lo viste (a Grassi) violar a tu hijo? ¿No? ¿Entonces por qué lo acusás?

–Hay peritos –intentó explicar la otra mujer.

–¿Vos lo viste violar a tu hijo?

–No –respondió ingenua.

–Hija de puta, montonera, comunista.

Todavía había un poco de espacio para que la regordeta de la camiseta de Felices los Niños amenazara a un periodista mientras le daba una entrevista a otro. Después, todo volvió a la calma.

hcecchi@pagina12.com.ar

“Soy una víctima de la injusticia”

Por Carlos Rodríguez

“Si fallan en mi contra triunfó el mal”, había dicho el cura Julio César Grassi 24 horas antes de que se conociera la sentencia. Ayer ensayó como explicación que los miembros del Tribunal Oral 1 de Morón intentaron “hacer algo salomónico que no es salomónico, que es una injusticia. La condena es injusta, por más que me hayan librado de cargos”, dijo Grassi ante la prensa en general, rodeado en todo momento por dos cronistas de C5N, el canal de Daniel Hadad, que se lo disputaban para sacarlo en vivo, aunque sin imágenes, porque el quinto piso de los tribunales fue vedado a camarógrafos y reporteros gráficos.

“Esto es terrible, no lo esperaba en absoluto. Es un día muy triste, pero voy a seguir trabajando como hasta ahora, pues soy una víctima de la injusticia”, declaró Grassi. “Pudimos demostrar que todo lo que se había dicho era una mentira, pero ahora va a haber que luchar con las pruebas, vamos a apelar y seguramente ellos van a apelar para hacer valer a sus testigos. No entiendo que me condenen por los dichos de ‘Gabriel’ porque mi defensa ya había demolido las acusaciones.”

Grassi interpretó que “el juicio oral parece que pasó en vano. Acá demostramos que la acusación era mentira. Por eso tengo mucha amargura porque la condena es una mancha”. El sacerdote estaba preocupado por su futuro “y por el de la Fundación” Felices los Niños, que nació al amparo del menemismo, con dos subsidios, en años consecutivos, por un monto total de 5 millones de pesos-dólares. El predio de Hurlingham, de 67 hectáreas, fue cedido por el Instituto Forestal Nacional (Ifona) y sigue en poder de la Fundación, que no paga un solo peso a cambio.

Otro que expresaba su preocupación, en el entorno de Grassi, era Raúl Portal, actual presidente de la Fundación. “Nos quieren hundir”, comentaba entre los allegados, su esposa Lucía Portal, los dos hermanos de Grassi y la monja guatemalteca Olivia Jiménez, que en forma reciente fue echada del Hogar San José Obrero, de Chacarita, donde se investigan otros casos de abuso sexual contra chicos.

Aunque Grassi se mostraba preocupado por la sentencia, Portal parecía muy tranquilo, igual que el abogado de Morón Esteban Rapazzo, a quien se señala como el “jefe” del regimiento de abogados que secunda a Grassi. “Se dijo, es cierto, pero no es verdad. Desconozco esta causa”, le dijo Rapazzo a Página/12, que lo vio abrazarse en forma efusiva con los tres defensores que estuvieron en el juicio.

Rapazzo, ligado al ex senador Horacio Román, fue abogado defensor del comisario Alberto Sobrado, quien tuvo que renunciar a la jefatura de la Bonaerense cuando lo acusaron de “enriquecimiento ilícito” porque no pudo justificar una fortuna en dólares que tenía en el exterior.

 

FUENTE: Página 12

 

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